Casa Salesiana Morón de la Frontera

Como cada año, en torno a la fiesta de Todos los Santos, la casa salesiana de Morón de la Frontera ha conmemorado el milagro de la multiplicación de las castañas llevado a cabo por San Juan Bosco allá por finales de la década de los cuarenta del siglo XIX. Para ello, las familias y los alumnos de infantil y primer ciclo de primaria han tenido la oportunidad de celebrar unos buenos días especiales.

Por un lado un representante de cada clase ha introducido en una olla una serie de castañas de papel realizadas por sus compañeros en la cual aparecía escrita una petición a Todos los Santos. Por otro lado, estos han tenido la oportunidad de presenciar como un conjunto de estudiantes de grado medio de comercio representaban lo acontecido en el milagro mencionado y que dice así:

Aquel 1 de noviembre, Don Bosco llevó a sus muchachos del oratorio a visitar el cementerio y rezar allí como forma de celebración de un día tan importante para todos los cristianos, el día de Todos los Santos. Para finalizar el día, el sacerdote les prometió a sus chicos un puñado de castañas asadas, por lo que le encomendó a Mamá Margarita que se encargase de su elaboración. José Buzzetti, llegó a casa antes que los demás y cuando entró en la cocina para ver si Mamá Margarita había cocinado todas las castañas se dio cuenta de que había menos de las esperadas. “¡No es posible. Tan sólo hay tres kilos de castañas y fueron encargados tres sacos! ¡Don Bosco va a quedar muy mal, hay que decírselo enseguida!” gritó el joven ecónomo. Sin embargo, con el alboroto de la vuelta, a Buzzetti le fue imposible hacérselo saber a Don Bosco antes de que éste cogiese la pequeña cesta y se dispusiese a repartir las ansiadas castañas. Mientras tanto a Buzzetti, con sus nervios a flor de piel, no le quedó otra opción que gritar: “¡Así no! ¡No eche tantas que no habrá para todos!” A lo cual Don Bosco haciendo caso omiso respondía: “Yo les he prometido castañas para todos, sigamos mientras haya”. A medida que las castañas estaban siendo repartidas, y la fila iba creciendo, la tensión de Buzzetti aumentaba. Pero de pronto, un silencio rotundo arropó todo el lugar y centenares de ojos desencajados miraban a aquel cesto que parecía no tener fin. Hubo para todos y todos acabaron gritando “¡Don Bosco es un santo!”

José Miguel Repiso

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